La Oración
SALVADOR THOMASSINY FRÍAS·VIERNES, 14 DE OCTUBRE DE 2016
En estos tiempos es importantísimo el hacernos asiduos a ésta pues son tiempos de gran tribulación, donde la Justicia Divina, según las revelaciones que nuestra Madre Santísima ha dado, está a punto de derramarse sobre la familia humana.
Ahora, en estos mismos tiempos Dios no ha dado el Don de su Voluntad, su misma Vida Divina, y nuestra oración deberá ser acorde con este Don.
Se trata de una meditación sobre la oración en la Divina Voluntad, pero es bastante extensa, por lo que la pondré en varias “notas”.

La Oración
Tema difícil de tratar desde el punto de vista de la Divina Voluntad, pues la oración se ha convertido en el centro de la actividad de nuestra práctica religiosa actual. Hemos centrado nuestra relación con Dios en la «oración» y de ahí, el significado que le hemos dado:
«Es la elevación del alma a Dios para amarlo, adorarlo, alabarlo, glorificarlo, darle gracias, implorar perdón por nuestros pecados y pedir lo que necesitamos. La oración es la fuente de la Gracia»
Por elevación entendemos que las dos facultades principales, el entendimiento y la voluntad, se dirigen a Dios; el entendimiento pensando en Él, o hablando con Él; la voluntad excitándose a afectos de adoración, amor, petición, etc. En última instancia, la finalidad que el hombre tiene en mente cuando ora, es UNIRSE con la DIVINIDAD, pero siempre es el hombre dirigiéndose a Dios, o sea: en la mente, en la intención, en el pensamiento, en la voluntad del hombre, existen 2 seres, EL HOMBRE Y DIOS – el hombre intenta agradar a Dios con sus actos humanos, virtuosos, modelados por la Gracia, pero humanos.
La oración nos recuerda lo necesitados que estamos. Se divide en mental y vocal. Puede existir la oración mental sin la vocal, pero nunca existirá la oración vocal sin la mental, porque palabras que no van acompañadas de atención, devoción, humildad, confianza, perseverancia y piedad, no pueden recibir certificado de oración, convirtiéndose entonces en un simple acto rutinario, sin valor, no importando que se le siga dando el nombre de oración.
Desgraciadamente ésta última es la que ha tomado carta de naturalización entre los católicos de todo el mundo, habiendo sido fomentada y alimentada por la proliferación de «oraciones de petición», donde la única finalidad es obtener las ayudas que requerimos, sin importar ni cómo pedimos, ni a quién pedimos (oraciones a los santos «novenas», a los ángeles, etc.), y en este tipo de oración, la finalidad de unión con Dios no existe.
En contrapartida, la oración mental, en muchas ocasiones va exenta de petición, encontrando el alma el deleite en la unión con su Creador, y casi nunca, por no decir jamás, es dirigida a los santos, o a los ángeles, siempre es a Dios, o a la Madre de Dios. La causa de esta diferencia es que en la vocal podemos distraer nuestra mente, quedándonos solamente con el reflejo condicionado de la palabra; mientras que en la mental son todas nuestras potencias dirigidas al Ser Supremo y, si por un instante las apartamos de Él, se pierde la oración. De ahí la afición a la vocal, pues nos permite estar en varios lugares a la vez, pensar en cualquier cosa, podemos orar y hacer cualquier actividad, aunque nos ocupe nuestra inteligencia, nuestra voluntad y hasta nuestra memoria, por lo que a Dios le estamos dando el último lugar en nuestra vida, aunque tengamos el rosario todo el día en la mano, quedando satisfechos por haber orado, ¡qué pavoroso engaño nos hace nuestra voluntad! No cabe duda que la voluntad humana falsifica aun la verdadera devoción y profana las obras más santas con la propia voluntad, buscándose siempre a sí misma. La oración mental es muy poco buscada, porque requiere concentración absoluta en lo que estamos haciendo: es celosísima, por lo que no nos permite hacer otra actividad; de ahí la razón de que aun los religiosos no la practiquen como se supone que la debieran practicar: sin descanso, a tiempo y destiempo. Sin comentarios.
La oración es necesaria. La Escritura nos enseña la necesidad de la oración: Jesucristo nos insiste en ello, por ejemplo: Vigilad y orad para no caer en la tentación Mt 26:41, y es necesario orar siempre y no desfallecer Lc 18:1. Su eficacia es inmensa, y por ella podemos obtener todo cuanto no se oponga a nuestra salvación. Es infalible cuando se acompaña de las debidas condiciones, a saber: que se pida una cosa conforme con la Divina Voluntad, en estado de gracia, con las condiciones ya expresadas de atención, devoción, humildad, confianza y perseverancia. El secreto de la oración está en la unión del hombre con Dios. Un punto esencial para llegar a comprender la importancia y realidad de la oración, podemos descubrirlo en la carta a los romanos de San Pablo, (Rm 826-27):
- «…El Espíritu Divino ayuda a nuestra flaqueza, pues no sabiendo siquiera qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene hacerlo, el mismo Espíritu hace, o produce en nuestro interior, nuestras peticiones a Dios con gemidos que son inexplicables. Pero Aquél que penetra a fondo los corazones conoce bien qué es lo que desea el Espíritu, el cual no pide nada por los santos, que no sea según Dios».
LA FUSIÓN DEL HOMBRE CON DIOS, PARA HACER QUE DIOS SEA TODO EN EL HOMBRE, Y HAGA TODO